
Can Sata es la residencia de la família Sata.
La casa más antigua de Las Palmeras, urbanización rural ubicada a unos veinte minutos de la ciudad en coche, formada por unas veinte casas con grandes jardines, repartidas de forma aleatoria por la zona. La casa se construyó en el año mil quinientos, aproximadamente, y cuando se edificó ni siquiera existía la ciudad, tal y como es ahora. A pesar de su edad provecta, el caserón se conserva maravillosamente. Rodeada por un gran jardín, con toda clase de árboles, plantas y arbustos que crecen a su aire, la propiedad ocupa diez hectáreas de terreno en la cumbre de un cerro que domina la ciudad.
Aparte de la casa y del jardín, también hay una extensa zona de bosque, que podría llegar a ser perfectamente edificable. Por ese motivo se ha convertido en el objetivo prioritario de cientos de agentes inmobiliarios, aunque nunca han pensado en venderla, en parte porque no existe esa necesidad, y en parte porque su única propietaria nunca ha querido hacerlo.
Can Sata no destaca tan sólo por su antigüedad y generosas dimensiones, sino sobre todo, por su desorden congénito. En los últimos años la casa se ha convertido en el almacén de los hallazgos de Nirgal. No ha pasado semana sin que algún camión de alguna empresa de transporte llegara cargado de cajas.
Libros, papeles, mapas, recuerdos, estatuas, piedras grandes, piedras pequeñas, instrumental arqueológico, e incluso, a veces, algún animal vivo (y alguno muerto). En primer lugar se fue colocando todo en el sótano, pero enseguida el espacio se hizo insuficiente.
Entonces empezaron a llenar el garaje, donde los enseres robaron el espacio a los coches. Y cuando esta nueva posibilidad se agotó, los hallazgos de la abuela empezaron a ocupar las habitaciones vacías y las de invitados. Actualmente la mitad de éstas ya están llenas de trastos, así como gran parte del comedor (sobre todo los objetos más grandes, que no han tenido nunca ánimo de subir por las escaleras porque pesaban demasiado). Así pues, toda la casa es como un gran museo caótico.
En la cocina por ejemplo, tienen un cocodrilo disecado, colocado de pie, que aprovechan como perchero, para poner chaquetas y abrigos. En el comedor, hay una canoa con velas que han llenado con cojines y se usa como sofá. A Ishtar una de las cosas que más le gusta es una hamaca muy rústica, hecha con cuerdas, que tienen colgada en el techo del comedor. La pusieron tan arriba que para llegar a ella se debe subir con una escalera hecha de cajas llenas que todavía están por abrir (de ésas hay un montón por toda la casa). Allí se tumba y pasa horas y horas leyendo las cartas de la abuela.
A los amigos de Ishtar y Gerard les encanta ir a Can Sata. Siempre hay cosas extrañas para jugar, y además, los padres de Ishtar nunca se enfadan, aunque los niños corran por la casa, jueguen gritando o incluso, muy de vez en cuando, rompan algo. De hecho, la mayoría de cosas que hay por allá ni siquiera las tienen controladas. Podría venir un ladrón a robar la mitad y ni se darían cuenta. Y a la inversa, un día podría entrar un camión por error y dejar los muebles de otro y tampoco lo notarían.
De hecho, cuando cualquier miembro de la familia ve un camión de transporte, abre las puertas de par en par y deja a su aire a los transportistas, que, acostumbrados a aquel desbarajuste, dejan la carga donde pueden. Incluso en el jardín hay objetos extraños. Suelen ser los más grandes y pesados, los que no han cabido dentro o que pesaban demasiado para entrarlos.
Entre éstos destacan una fenomenal roca de diecisiete toneladas que trajeron con un camión especial, un estrafalario árbol que transportaron y replantaron, que ya debe de medir unos quince metros de alto, y que, a pesar de no saber nadie exactamente qué es, da unos frutos buenísimos, o un elefante metálico, cuya trompa es un tobogán.